Inicia la noche del 24 de diciembre. La lluvia ha cruzado la ciudad por tramos irregulares, dejando aceras húmedas y reflejos dispersos. Los transeúntes avanzan con prisa contenida: bolsas de regalos, bandejas cubiertas, niños sujetos de chompas y abrigos que no solo protegen del frío, sino de la dispersión.
Los autos aún circulan con urgencia. En su interior se repiten las mismas escenas que en las veredas: cuerpos apretados, miradas atentas al reloj, manos ocupadas. La ciudad se mueve como si temiera llegar tarde a algo que, paradójicamente, solo ocurre cuando se está.
Faltan pocas horas para la celebración más arraigada de esta parte del mundo. Luces intermitentes cuelgan de balcones y ventanales, marcando el territorio simbólico de la reunión. El aroma de carnes horneadas comienza a expandirse. Desde los hogares emergen risas, voces superpuestas, movimientos que reorganizan mesas y tiempos. Amigos, hermanos, parejas e hijos convergen para repetir un rito antiguo: reunirse.
Mientras circulo por la ciudad con algún pasajero que comparte la misma urgencia, aparecen escenas que contrastan con esa calidez. Personas que no llegarán a ninguna mesa. Ventanas apagadas. Caminatas sin destino festivo. La Navidad expone y hace visible quién tiene un lugar donde ser esperado y quién no.
Hoy es Nochebuena. Noche de regalos, de presencia, de compartir, de servir, de amar. Al menos así se la nombra. Pero no todo lo que se nombra se llega a encarnar. En algún hogar, la cena, el orden de las actividades y hasta los juegos entre invitados han sido planificados por una inteligencia artificial. El menú optimizado. Los tiempos calculados. Las dinámicas sugeridas. Nada falta. Nada sobra. Todo funciona. Y, sin embargo, la pregunta no es si funciona…
La pregunta es qué ocurre cuando incluso el encuentro se diseña desde fuera. Cuando la improvisación se vuelve un riesgo y el silencio una falla del sistema. Cuando servir se reduce a ejecutar, compartir a distribuir, amar a cumplir. La técnica no invade la Navidad por malicia. Entra porque se lo permitimos. Porque hemos aprendido a delegar todo aquello que puede organizarse. El quiebre aparece cuando empezamos a delegar también lo que solo existe si alguien se expone.
Servir no es cumplir una tarea: es disponerse al otro desde una soberanía interior, sin esperar reseña ni métrica. Compartir no es repartir recursos: es abrir espacio vulnerable, con el riesgo de que no alcance o no agradezcan. Amar no es seguir un guion: es sostener una presencia incluso cuando incomoda, sin protocolos ni cláusulas de salida.
Nada de eso puede ser automatizado sin perder su sentido. Puede simularse y optimizarse, pero jamás puede no encarnarse o no vivirse.
La Navidad no exige eficiencia. Exige cuerpo. Exige tiempo no productivo. Exige atención. Exige la torpeza de lo humano cuando se encuentra sin instrucciones.
Por eso la Navidad sigue siendo un acto humano no delegable. No porque la tecnología sea enemiga, sino porque hay gestos que desaparecen en el mismo instante en que intentamos externalizarlos. Allí donde todo está resuelto, ya no queda espacio para estar.
Y estar -todavía- es lo único que ninguna máquina puede hacer por nosotros.